¡Quiero recibir una alerta el día del lanzamiento!

Tiempo de lectura: 4 min.

La meritocracia posible depende de la cultura que transformemos

Por: Jorgelina Albano

La meritocracia es un sistema de gobierno que en el ámbito de las organizaciones supone que las personas más cualificadas y que más esfuerzo han puesto en su desarrollo ocupan los lugares de mayor jerarquía y poder. 

Este sistema se ha vuelto un valor en las organizaciones y una práctica normal, donde se evalúa a cada uno a partir del desempeño y su capacidad de alcanzar los objetivos propuestos. Nadie podría estar en desacuerdo con esta definición. 

El problema no es la definición en sí misma, sino cómo se lleva a la práctica. Y es en este punto donde la cultura en la que vivimos juega un rol fundamental en hacer práctica la definición de meritocracia. 

La cultura, el entramado en el que estamos inmersos

Clifford Geertz, antropólogo estadounidense, profesor del Institute for Advanced Study, de la Universidad de Princeton, New Jersey, sostenía que no existe una naturaleza humana independiente de la cultura y que la cultura es esencialmente un concepto semiótico, donde el hombre es un animal inserto en tramas de significación que él mismo ha tejido y que la cultura es precisamente esa urdimbre

En otras palabras: los seres humanos somos cultura, fruto de las narrativas que se han creado a lo largo de la historia de la humanidad y que se manifiestan en toda la expresión humana, desde los negocios hasta el arte, la literatura, y en la manera en cómo se narra la historia. En definitiva, en el comportamiento humano. 

Hasta aquí nada parece un problema, salvo si nos detenemos a mirar ciertas estadísticas. La edición 2020 del Gender Gap Report del World Economic Forum indica que para alcanzar la paridad económica entre varones y mujeres haría falta recorrer 257 años, siempre y cuando los esfuerzos actuales se mantuvieran. 

El informe destaca tres razones principales para esto: las mujeres tienen una mayor representación en los roles que se están automatizando (que son los menos calificados); no hay suficientes mujeres entrando en profesiones donde el crecimiento salarial es más pronunciado (como en el ámbito de la tecnología, aunque no es el único), y enfrentan el problema de tener escaso o nulo acceso al capital financiero para emprender. 

La meritocracia y la cultura no son independientes entre sí

El concepto de meritocracia es dependiente de la cultura, como podemos deducir a partir de un análisis estadístico básico. Muchas mujeres en el mundo entero han tenido acceso a educación de excelencia. Hoy, son mayoría en las universidades y hay un universo inmerso de mujeres emprendedoras, pero ninguna ha creado un unicornio. ¿Es incapacidad? Definitivamente no. En 2020, según los datos de VC Pitch Book, del 100% del total de inversiones en Estados Unidos (alrededor de USD 16,8B), solo el 2,1% fue a emprendimientos liderados por mujeres, el 11,6% a equipos mixtos, y el restante 86,3% a proyectos cuyo liderazgo era masculino. 

La cultura en la que vivimos tiene una base androcéntrica: está centrada en el poder y voz del varón, erigida sobre la expectativa que la misma cultura generó de los significados de ser varón y ser mujer. Esta distinción se basa en las diferencias de los cuerpos y a los roles que se les asignó a uno y otro, a causa de estas características: la posibilidad de las mujeres de gestar, parir y lactar y el rol de proveedor asignado al varón. Este podría ser el comienzo de toda una definición de lo que significa ser varón y lo que significa ser mujer. 

Esta asignación persiste aún hoy en el inconsciente colectivo, en lo que se denomina “bias  (o sesgo) de género”. A partir de la diferencia de los cuerpos, la sociedad generó una lista de expectativas interminable entre unos y otros que provocó que, a lo largo de la historia de la humanidad, persistan grandes diferencias hasta el día de hoy.

De hecho, en la definición de cultura con la que comencé este artículo, Clifford Geertz se refiere al hombre como representación de lo humano. La palabra hombre se usa como representación de lo universal: hombre igual a humano. Este es un excelente ejemplo del androcentrismo cultural, una caja que contiene una mirada en la que lo masculino sobresale y se adueña de todas las definiciones. 

Desde este punto de vista el concepto de meritocracia no está exento de esta mirada. Las reglas de una cultura androcéntrica no permiten la igualdad de oportunidades entre varones y mujeres. La meritocracia está definida desde una perspectiva androcéntrica porque así funciona el mundo, las mujeres llegamos al mundo laboral en una instancia posterior a la definición de esas reglas y entonces tuvimos que adaptarnos a ellas. Pero por más empeño que hayamos puesto en esa adaptación, esas reglas siguen excluyendo a las mujeres. 

El problema no es la meritocracia. Lo que tenemos que revisar es como el concepto de meritocracia toma una nueva mirada para que los bias de género no coarten el verdadero sentido de  este concepto.

Una de las explicaciones es que la cultura determinó una línea de pensamiento y acción basada en la voz masculina. La resistencia innata de los seres humanos a la diversidad y a eliminar todo aquello que no sea “igual a mí” es una de las explicaciones de por qué las mujeres no acceden a lugares de decisión o al capital. Quizá una manera distinta de llegar a resultados deseados sea una forma diferente de ver el mundo. 

Está comprobado científicamente que las mujeres y los varones somos iguales, y que las únicas diferencias que tenemos son sexuales y reproductivas. Las diferencias corporales visibles entre mujer y varón son biológicas, todo el resto es cultural. El cambio de mirada sobre la meritocracia no vendrá si no se entiende profundamente la cultura. 

Es necesario hacerse preguntas, como por qué hay menos mujeres en las carreras STEM, o por qué hay menos mujeres en lugares de poder, o muchísimas menos mujeres millonarias en el mundo.

Hay un dato curioso sobre esto que indica que la mujer más rica del mundo está a una diez posiciones del varón más rico del mundo. Entre ella y él hay unos nueve varones antes y todo esto es consecuencia de la cultura. Hacer consciente el modus operandi cultural es el primer paso para otorgar nuevos sentidos a conceptos como el de meritocracia. 

Para terminar, o mejor dicho comenzar,  les dejo un ejercicio muy simple. Intente que sus respuestas sean espontáneas: ¿Cuáles son los valores fundantes de tu organización? ¿Cuál es la definición de esos valores? Cuando piensas en las características de personas fundamentales para que lleven esos valores a la acción, ¿quiénes entran en esa definición?

Si buscas desarrollar una transformación cultural sostenible en tu organización, descubre todas las claves para lograrlo en nuestro Seminario de Transformación Cultural Sostenible desde la perspectiva de género y diversidad.

Tags: Negocios, Emprendedurismo, Sostenibilidad